Los refugiados son las víctimas olvidadas de la pandemia

La precaria situación de los más de 70 millones de refugiados en el mundo se ha visto agravada por el Coronavirus.

Mientras el COVID-19 sigue expandiéndose alrededor del globo 70 millones de personas se encuentran sin hogar, sin país y sin estatus legal que les permita tener acceso a cuidados de salud o a un empleo. Esta es la situación de los refugiados y solicitantes de asilo en tiempos de pandemia.

Las víctimas ignoradas del COVID-19: los refugiados en todo el mundo

A principios de mayo de 2020, la crisis del COVID-19 afectaba a 215 países en todo el mundo, 134 de los cuales acogen refugiados, mientras 71 millones de personas estaban en situación de desplazados involuntarios.

Si esas cifras no fueran suficientemente preocupantes, vale añadir que hasta el momento de publicar esta nota más de 7 millones de casos de Coronavirus y casi 400.000 muertes han sido reportadas por la Organización Mundial de la Salud.

El director general de esa institución, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha dicho que “aunque en Europa la situación está mejorando, globalmente empeora”.

Mientras algunos países comienzan a flexibilizar sus medidas de confinamiento y otros presentan cifras todavía alarmantes de contagio, el mundo está bajo la amenaza de una segunda ola, que algunos especialistas han señalado podría presentarse durante los meses del otoño.

En el interín del desarrollo de esta pandemia, el destino de millones de refugiados alrededor del mundo es más incierto que nunca.

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Los refugiados, los más vulnerables

En líneas generales, los refugiados y solicitantes de asilo constituyen uno de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Durante una pandemia, la indefensión que sufren los refugiados se ve agravada, pues muchos se encuentran en campamentos temporales, donde no tienen acceso regular al agua ni a servicios de atención sanitaria, además de encontrarse en lugares donde les es imposible guardar la distancia necesaria para protegerse.

Según cifras de ACNUR, más del 80% de los refugiados y casi todos los desplazados internos en el mundo se encuentran en países de bajos y medianos ingresos, con sistemas de salud precarios.

ACNUR trabaja activamente junto con la OMS para proveer de agua, atención médica y materiales de higiene a la población refugiada alrededor del mundo, así como de asistencia técnica para el personal que se ocupa de ellos. Evidentemente, no es una tarea sencilla.

“El impacto de la pandemia es exacerbado por las condiciones en las que viven (los refugiados). Una serie de factores los hace extremadamente vulnerables a expandir el virus”, señala un informe recientemente presentado por la ONG Refugees International (RI).

Los factores de riesgo

En primer lugar, la mayoría de los refugiados se encuentra en situación de hacinamiento. Los campamentos formales o informales, las áreas improvisadas para la ocupación de los refugiados no ofrecen las condiciones ideales para protegerse de una pandemia.

“Múltiples familias son con frecuencia forzadas a utilizar el mismo baño, la misma cocina (…) algunas deben compartir la misma tienda”, detalla el informe de RI. Esto, cuando tienen acceso a alguna de esas condiciones esenciales y no están simplemente en situación de calle, como sucede con tantas personas desplazadas.

“La facilidad con la que el virus puede propagarse en estas condiciones es sencillamente desastrosa”, añaden.

En segundo lugar, los refugiados carecen de acceso a cuidados de salud. Cuando lo tienen, es principalmente atención primaria. Los cuidados intensivos necesarios para tratar, por ejemplo, una infección respiratoria como las que se producen en algunos casos graves de COVID-19, son inaccesibles para estas personas.

A esto hay que añadir que una persona que ha huido de su país arrastra por lo general una serie de problemas de salud que la hacen más vulnerable: desnutrición, estrés psicológico e infecciones mal tratadas, entre otras.

El tercer factor que señala RI es la falta de acceso a la información, que les impide reaccionar rápidamente, saber qué hacer y cómo responder en caso, por ejemplo, de presentar síntomas. A esto deben sumarse las barreras idiomáticas que a veces enfrentan los refugiados en un país que no conocen.

Esta desinformación los pone en riesgo no solo de contagiarse y expandir el virus, sino de violar las normas vigentes en los países que los acogen sin querer, por simple desconocimiento.

A todo esto se añaden las dificultades que experimenta la cadena de suministros para las ayudas, con el cierre de las fronteras y un descenso en la oferta de ciertos productos y servicios, sin contar con que algunos actores simplemente no están preparados para un escenario como este.

Un último factor, pero no menos importante es el financiamiento. En este momento, la prioridad es combatir la pandemia, así que los fondos para atender otras crisis, corren el riesgo de caer drásticamente.

Si tenemos en cuenta la debacle económica producida por la pandemia, que ya deja ver sus efectos alrededor del mundo, la situación tiende a agravarse en el tiempo.

Todo un mapamundi en riesgo

En este momento hay crisis de refugiados en Asia, África, América, Europa y el Medio Oriente.

En Asia, el estallido de la pandemia en China hizo sonar inmediatamente las alarmas de contagio entre los refugiados, pues el continente tiene un gran número de personas en esta situación.

En el caso de África, si bien se tomaron medidas temprano para tratar de frenar el contagio, estas medidas también han afectado la entrada de personal y mercancías necesarias para la ayuda humanitaria que tanto se necesita. Esto puede tener consecuencias devastadoras en un continente que tiene más de 6 millones de refugiados.

En América hay dos casos especialmente preocupantes: la frontera entre México y Estados Unidos y la crisis de los desplazados venezolanos.

El caso mexicano — COVID-19

Estados Unidos es el país con más casos activos de COVID-19 en todo el mundo. Antes de la pandemia, muchos solicitantes de asilo y refugio fueron enviados a México a esperar allí por la respuesta a sus procesos.

Estos solicitantes de refugio, provenientes en su mayoría de Centroamérica, Cuba y Venezuela, han sido expuestos a condiciones inseguras, en albergues mal equipados o en campamentos informales al aire libre, todas estas condiciones en las que el riesgo de contagio es bastante alto.

En muy similar situación se encuentran unas 15 mil personas desde febrero pasado en los puntos de entrada a Estados Unidos: son solicitantes de asilo, provenientes de México en su mayoría.

El informe de RI sostiene que algunos de esos campamentos en la frontera estadounidense han sido forzados a cerrar como consecuencia de la pandemia.

Por su parte, las autoridades mexicanas han recibido a la mayoría de los solicitantes de asilo que Estados Unidos les envió, pero no está claro si van a ser deportados a sus países de origen.

Mientras tanto en México, que es a su vez un lugar de tránsito y destino de refugiados y inmigrantes, hasta mediados de mayo de 2020, se reportan 120 mil casos de contagio confirmados y más de 14 mil muertes.

El caso venezolano — COVID-19

Para los migrantes venezolanos, la pandemia ha agravado aún más una situación que ya era alarmante.

La cifra de personas que han abandonado Venezuela supera ya los 5 millones (según la Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela), de los que casi 900.000 son solicitantes de asilo en diferentes países del mundo.

Colombia, Perú, Chile, Argentina, Brasil y Ecuador son los primeros destinos que han recibido más venezolanos durante los últimos años.

Estas personas han sufrido, no solamente los embates de la pandemia

Sino también una serie de consecuencias indirectas como la pérdida de empleo, el desalojo (en muchos casos violento) de las viviendas donde se encontraban y una desprotección total, pues la mayoría de ellos carece de estatus legal y por ende no puede acceder a ningún tipo de protección, incluidos los cuidados de salud.

Encontrándose en la calle y sin ninguna posibilidad de mejora, algunos de estos desplazados venezolanos han emprendido el viaje de regreso hacia su país de origen.

Y si pasaron dificultades para llegar a sus destinos en autobús o a través de redes de traficantes que se aprovecharon de ellos, ahora regresan caminando, pues no tienen fondos para costear su viaje de retorno.

En Venezuela, hasta mediados de mayo de 2020, la cifra oficial de contagios es de 2.377, y según los especialistas epidemiólogos, son todos casos “importados” hasta ahora.

Lo grave es que el gobierno venezolano ha impedido la entrada a sus inmigrantes retornados a través de las trochas por las que salieron y están siendo estigmatizados como portadores del virus.

La cifra de paso de inmigrantes permitida es de 300 personas por día y solo tres días a la semana, lo que afecta el regreso a través de los corredores humanitarios. Según Migración Colombia, esta medida afectará la vuelta de 80% de los venezolanos a su país.

Aplicar estas medidas supone aglomerar inmigrantes en los pasos fronterizos, lo que obviamente acrecienta las posibilidades de contagio. Hasta mayo de 2020, se sabe que han entrado a Venezuela más de 71.000 inmigrantes retornados.

¿Qué se puede hacer?

En el contexto de una pandemia que afecta a prácticamente todo el planeta, y en la que incluso los países con sistemas de salud avanzados se han visto a prueba, es alarmante imaginar lo que puede suceder con las personas que se encuentran en esta situación de vulnerabilidad.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados trabaja activamente para proveer a los refugiados en todo el mundo de las mínimas condiciones para protegerse de esta pandemia: acceso a agua, jabón y máscaras, entre otros insumos; aumentar la capacidad de respuesta en caso de un brote en alguno de los campamentos, distribuir información pertinente.

ACNUR recibe donativos de cualquier lugar del mundo.

Ver también:

Más información sobre el impacto del COVID-19 en los procesos migratorios, en nuestra sección Noticias >>

 

Publicado el 14 de junio de 2020.

 

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