Ernesto, cocinero venezolano, desde España

fotoesp_peq“Debí esperar más, estar más preparado y no emigrar como lo hice: sin arreglar los papeles…”

Profesión: Cocinero

Edad: 32 años

Ciudad/ País de origen: Venezuela

Fecha de salida: 11 de diciembre de 2008

Ciudad/ País de destino: España

¿Por qué te fuiste de tu país?

Soy de origen español y, desde muy pequeño, quise vivir en España. Ya de adulto, la crisis económica, política y social de mi país me empujó a venirme.

¿Qué fue lo más difícil de la decisión?

Lo más difícil fue dar el paso y abandonar todo lo que era familiar. Sin embargo, como estábamos obstinados de la situación de Venezuela, no miramos para atrás.

¿Por qué seleccionaste el país o ciudad de destino?

Por la nacionalidad española de mi madre y la mía. Asimismo, por las ayudas que este país da a los retornados. Escogimos la ciudad donde nos radicamos porque mi cuñada vivía en ese sitio.

Describe los primeros tiempos

Desde que te subes al avión, ya sabes que estás en tierra extraña. Cuando me bajé, tenía el pasaporte español y un lugar donde llegar. Por eso, no hubo inconvenientes, aunque sé de muchos que lo han pasado mal en ese trance. Viajamos mi madre y yo. Llegamos a Madrid en invierno y lo primero que sentí fue el frío. Estaba a 6°C, botaba humo por la boca y pensé que me iba a congelar, pero lo aguanté. En verdad, eso no era nada para el frío que iba a pasar después (hemos llegado a -20°C).

Salimos de Barajas y tomamos un taxi para la estación de autobuses, el cual nos cobró treinta y cinco euros. En ese momento, no sabía lo caro que era este servicio. Al llegar a la estación, percibí, inmediatamente, que la gente se nos quedaba mirando y – como ya dije – mi madre y yo somos españoles; pero los nativos sabían muy bien, al solo vernos, que éramos forasteros.

Me acuerdo que fui a comprar un bocadillo y, cuando lo pedí, la mujer que me atendió me miró de forma extraña. En ese instante, supe que era por mi acento y, por primera vez en mi vida, me sentí de verdad extranjero, con toda la carga negativa que dolorosamente eso conlleva, sobre todo en esta nación. Salimos de Madrid rumbo a un pueblo de Murcia donde vivía mi cuñada. (Digo vivía porque tuvo que regresar a Venezuela por falta de trabajo). Llegamos a una habitación que ella alquiló para nosotros, en casa de unos ecuatorianos que llevaban varios años en España. La convivencia con ellos fue muy difícil, puesto que teníamos grandes diferencias culturales y sociales: nosotros somos o éramos de clase media; mientras ellos, campesinos de corte rural en su país. Todo para ellos era un negocio, nada de favores ni ayudas. Fue muy duro y no quiero alegar un asunto de nacionalidades sino una cuestión de educación, ya que esta gente venía de muy abajo y nosotros no estamos acostumbrados a lidiar con ese tipo de personas y, lo peor, a compartir el mismo estatus de emigrantes.

Les aseguro que los problemas y malos entendidos que he tenido han ocurrido con extranjeros distintos de los españoles. De manera que, por cuanto innumerables emigrantes de ciertos países están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de sobrevivir en España, les aconsejo mucho cuidado con ciertas gentes y buscar españoles, venezolanos y latinoamericanos de clase media, a la hora de relacionarse.

Por otra parte, lo del papeleo resulta complejo, porque algunos funcionarios no tratan bien a los solicitantes y si eres extranjero, peor. Fuimos al Servicio Público de Empleo Estatal (antiguo INEM) e introdujimos los papeles correspondientes para cobrar la prestación por desempleo por emigrante retornado, que son cuatrocientos veintiséis euros cada uno, para un total de ochocientos cincuenta y dos euros, en nuestro caso. En suma, en los trámites duramos mes y medio y en cobrar la prestación otro mes y medio más, así que durante ese tiempo vivimos con los ahorros que trajimos de Venezuela.

Después de legalizar nuestros papeles, comencé a buscar empleo. Recuerdo que estaba eufórico, pensando en lo que iba a hacer y comprar cuando encontrara trabajo. Todo me parecía accesible, pues las cosas que en mi patria costaban más del sueldo mínimo, aquí se adquirían con una pequeña parte del salario mensual. Además, me asombraba que pasaban los meses y los productos no subían de precio (algunos hasta bajaban). Por consiguiente, estaba muy emocionado porque, por fin, la inflación no se iba a comer mis ingresos y tendría fácilmente lo que en Venezuela me costaría mucho. Por supuesto, esa euforia se difuminó al pasar los meses y no lograr nada.

Una amiga venezolana me ayudó y, gracias a ella, trabajé temporalmente en algunos sitios como ayudante de cocina, pero nada más. Mi último cargo en mi país fue como formador en un instituto oficial de capacitación educativa, en el área de turismo, de mi ciudad. De verdad estaba dispuesto a trabajar en lo que fuera. De hecho, incluso en labores que en Venezuela no pensaría en desempeñar: reponedor de supermercado, repartidor de publicidad en buzones particulares, empleado en una gasolinera… En fin, en cualquier actividad, pero no contaba con la cruel realidad laboral española: como yo, había miles de españolitos y cientos de extranjeros con baja cualificación, listos para matar por un puesto similar. Hasta intenté ir al campo a recoger fruta; pero ni eso funcionó porque los moros tienen todo ese sector para ellos y si no eres de su grupo no te aceptan.

En vista de que la cuestión del empleo no daba sus frutos, realicé unos cuantos cursos gratuitos para reforzar mis conocimientos. En ellos conocí gente nativa muy buena a quienes les parecía curiosa mi procedencia y con quienes entablé relaciones cordiales, de igual a igual. Gracias a esos vínculos, conseguí otros trabajitos de forma temporal. Eso sí, no importa lo bueno o malo que sean los nativos, tú siempre serás extranjero y ellos te lo harán saber y sentirte como tal. No lo hacen por mal, son así. En mi condición, por mi origen español, me demuestran la mitad de los prejuicios que tienen con los demás. Pese a ello, al final siempre existen, aunque reconozco que los españoles en general no son racistas por naturaleza (racistas de verdad son unos pocos), pero sí prejuiciosos hasta la medula.

Describe tu situación actual

Mi situación actual, después de dos años y medio en España, es que no tengo empleo fijo. Es más, este último año ha sido malísimo porque he trabajado apenas un fin de semana. De modo que vivimos con los dos subsidios por desempleo: el de mi madre y el mío. Eso, sin duda, nos limita bastante. No obstante, traje a mi esposa hace un año, ya que, pese a que las cosas no son como uno quisiera, con los dos subsidios nos las arreglamos para vivir los tres sin grandes lujos. Además, ella nos sacó de Venezuela un dinerito con el cupo oficial y, con eso, nos apañamos en un piso que alquilamos sin mayores problemas. Lamentablemente, mi madre y mi esposa no encuentran nada permanente. Esta es la cruel realidad: estamos pidiendo otras ayudas para poder subsistir y aguantar lo más que podamos, porque no queremos regresar. Sé que, si seguimos así, tendremos que volver al punto de partida.

¿Te arrepientes de la decisión? ¿Qué harías distinto si pudieras repetir la experiencia?

No me arrepiento de haberme venido. Lo que sí lamento es haberlo hecho en mal momento. Debí esperar más, estar más preparado y no emigrar como lo hice: sin arreglar los papeles de mi título de bachiller y sin el permiso de conducir para luego canjearlo por aquí. La verdad es que fallé en eso porque no tenía ni tiempo ni dinero. Igualmente, creí que llegaría a trabajar y, después de un año en España, podría volver y solucionar lo pendiente fácilmente. Sin embargo, no resultó así. Pese a ello, no pierdo las esperanzas de regresar y resolver todo.

¿Piensas volver a tu país?

Sí, si no me queda otro remedio. No obstante, la verdad es que – si bien no estoy nada cómodo ni adaptado donde estoy – las razones que me obligaron a salir de mi país no han cambiado, más bien han empeorado. Por esa razón, quiero volver solo de vacaciones.

Testimonio publicado al 16 de diciembre de 2011

 

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